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domingo, 23 de agosto de 2015

De la sociedad sin clases a la sociedad sin géneros

La pluralidad puede verse como apariencia de una unidad básica, como un momento previo a la unidad… Puede interpretarse negativa o positivamente. La unificación religiosa del pasado o la adscripción a la religión del rey se ha sustituido desde presupuestos, en mi opinión, materialistas, por una uniformización social y antropológica. El monismo aletea en diversas propuestas ideológicas que se presentan con una fuerte carga dogmática. Para los creyentes en un Dios uno y Trino, sin embargo, si son consecuentes, la diversidad, la pluralidad es un elemento constitutivo, no una amenaza, y ni siquiera una oportunidad, sino una realidad no solo respetable sino amable: una riqueza.
Si no se entiende la pluralidad, tampoco se entiende la libertad. ¿Es parmenídeo el materialismo al pensar que hay un solo ser, la Materia? La reducción típica del materialismo marxista en que la realidad, esencialmente múltiple, pasa a ser una realidad bipolar: burguesía / proletariado; izquierda / derecha; público / privado; amo / esclavo; señor / siervo sigue viva y productiva.
Esa perspectiva dicotómica no se arredra ante una realidad claramente bipolar, dual, por ejemplo, la diferencia entre los sexos: masculino / femenino; hombre / mujer; macho / hembra… En los análisis acostumbrados a una dialéctica lógica, los hechos devienen en periféricos, secundarios, subsidiarios y aun sospechosos. Desde el cogito cartesiano, el more geométrico spinoziano, el apriorismo kantiano y el panlogismo hegeliano, los hechos suelen ser aplastados por sistemas nacidos de una clarividencia mental impuesta al mundo exterior que puede calificarse como una filosofía de la ebriedad, como dogmatismos de la inmanencia.

                Perdida la causa de una igualdad social a mayor gloria de un comunismo devenido en una sociedad estamental: partido y parias; el furor del dogma monista se ha entregado en cuerpo y alma a la causa sexigualitaria. El esquema es parecido. La dialéctica burguesía / proletariado que había de fundirse en una sociedad sin clases se traslada ahora a una dialéctica masculinidad / feminidad fundible en una sociedad sin géneros. La retórica sobre la lucha de unas clases abstractas se enfrenta ahora a la corporalidad tangible. Porque es evidente que hombres y mujeres poseemos cuerpos diferentes, una diferencia que se materializa, en lo corporal, en los órganos relacionados con la sexualidad y sus consecuencias, la generación. La diferencia entre hombre y mujer es tan notoria que explicitarla puede ser obsceno.


               El sesgo de estos análisis monistas radica en que perciben las diferencias como negativas. Si se constatan las diferencias entre hombres y mujeres (sobre la base de una igualdad esencial como seres humanos), se interpreta que se afirma la superioridad de los hombres; (cuando podría entenderse lo contrario: la superioridad de las mujeres). Constatar las diferencias no significa minusvalorar, sino comprobar que los seres animados e inanimados son plurales. Revolverse frente a las diferencias entre hombres y mujeres (me refiero a las diferencias psicosomáticas) suele ser una reacción masculinizante, pues implica, por ejemplo, considerar la preeminencia del in-gestante sobre el gestante, pudiendo ser al revés, que ser gestante aventajase a ser in-gestante. La diferencia entre gestante e in-gestante no se resuelve en una dialéctica de superioridad o inferioridad, sino en un reparto de funciones en la procreación  humana marcado en la propia naturaleza y que justifica precisamente la diferenciación sexual.
                Reivindicar la igual dignidad de mujeres y hombres no justifica la negación de la diferencia. La lucha contra el abuso no exige la abolición del uso o preterir la biología. En efecto, muerto el perro, se acabó la rabia, pero si matamos a todos los perros, no solo acabaremos con la rabia, sino con los perros. Y eliminar la raza canina no parece una conquista. Parece que  Lutero inauguró la estrategia de combatir el abuso eliminando el uso. ¿Abuso en el uso de las reliquias? ¡Fuera reliquias! ¿Abusos en el celibato? ¡Fuera el celibato! ¿Exacerbación aristotélica? ¡Fuera Aristóteles! ¿Tensiones entre fe y razón? ¡Dinamita en el puente entre fe y razón! ¿Abuso papal? ¡Fuera los papas!
                Lutero contó con el precedente iconoclasta. ¿Peligro de idolatría? ¡Fuera imágenes! Pero el papa de Roma dijo que no era razonable impedir que los artistas pintasen y esculpiesen figuras humanas. No es sensato corregir los abusos eliminando los usos, salvo que el uso mismo sea nocivo, y eso es lo que hay que demostrar. Que se abuse de la propiedad privada no hace razonable su eliminación. El que abusa no es la propiedad, sino el hombre. Y el hombre puede abusar tanto de lo suyo como de lo ajeno, de lo público, de lo que como afirmó una ministra “no es de nadie”. Hay un capitalismo del mercado y un capitalismo de Estado.
                La Revolución francesa inauguró la Edad Contemporánea e industrializó la técnica luterana eliminando al por mayor a los que se oponían a la revolución. Después, los bolcheviques podrán eliminar a los mencheviques, los proletarios a los burgueses… El capitalismo del mercado al primar el capital sobre el trabajo y el trabajo sobre la persona, convierte en homines habiles a los homines sapientes, esclavizando, en definitiva, otra forma de eliminar. El culto al dinero capitalista, aunque prefiera el individualismo al colectivismo, es otra especie de materialismo aherrojador.
                No hay justicia sin respeto a la naturaleza. Nuestra libertad no es absoluta. Procrear no es crear. Convertir la distinción sexual en puramente cultural y elegible supone ignorar que ni nos hemos nacido ni hemos elegido nuestro sexo. Somos dependientes. Negarlo es un delirio de la razón, un delirio que produce monstruos.         

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