Tan connatural es la publicidad
en las ciudades actuales como extraña en las antiguas. Vallas publicitarias,
paradas de autobús, vehículos, fachadas en obras… un sinnúmero de elementos
urbanos se convierten en soporte publicitario que incentiva el consumo.
Si viajamos a una ciudad griega,
romana, medieval, moderna o contemporánea hasta hace unos decenios, no se nos
mostrarán como espacios publicitarios. En una ciudad griega o romana había
estatuas, de dioses, de héroes, de magistrados, de benefactores, de ciudadanos
ilustres. La era grecolatina es una edad antropomórfica. Las estatuas muestran
cuerpos humanos generalmente bellos o bellamente esculpidos. Los propios dioses
son antropomórficos. El hombre era la medida de todas las cosas. Los viandantes
podían admirar la belleza de los seres representados, la belleza de la
representación, la belleza de las gestas divinas o humanas que evocaban. Las
esculturas eran incitación a la mímesis, a la emulación. Julio César lloró al
contemplar una estatua de Alejandro Magno porque pensó qué lejos se encontraba
de parecerse al general macedonio. La ciudad romana tenía su epicentro en el
foro, donde estatuas de dioses y hombres presidían la actividad política y
comercial.
La ciudad medieval gira en torno
a la catedral, edificio de notables proporciones que dispara sus torres hacia
el cielo. La Edad Media es teocéntrica. Si las estatuas incitaban al grecorromano
a verse capax gestarum, capaz de
hazañas; la catedral ilumina al hombre medieval como capax Dei, receptor de Dios y de su gracia. Ni el hombre antiguo
era un héroe ni el medieval un santo, pero lo heroico y la santidad planean
sobre ellos como modelos antropológicos. Héroes y santos son admirados, y sus
historias, relatadas.
Los templos griegos y romanos son,
salvo excepciones, de factura inferior a las catedrales medievales. Son templos
a la medida del hombre y de sus dioses antropomórficos, lejanos del gigantismo
oriental. El arte griego descubre la medida. Lo bello no ha de ser gigante,
sino proporcionado, armónico. Las columnas dóricas, jónicas y corintias, troncos
arbóreos estilizados, pueden asimilarse a tipos masculinos o femeninos. Los
templos son espacios para el sacrificio, no para la oración ni la predicación. La
catedral cristiana es otra cosa. Variaciones de la planta basilical, las
catedrales acogen a los fieles, que pueden asistir al culto. La catedral,
verdadero palacio de Dios para el pueblo, viene a ser una especie de remedo del
paraíso, donde la luz se transfigura en las vidrieras, donde la altura provoca
la mirada hacia los arcos y bóvedas. El hombre medieval comparte su vida, a
menudo áspera, con Dios, la Virgen y los santos. Las catedrales confirman una
dimensión ultraterrena que ilumina la vida terrena, que transfigura las
acciones humanas. El ideal de la santidad, con ser elevado, es más asequible al
hombre o la mujer de a pie que los trabajos de Hércules. El modelo de los
santos, el modelo de la Virgen-Madre o el del Cristo crucificado son más cercanos.
En la ciudad contemporánea la
publicidad incita al consumo. Ya no se trata de la mímesis de lo heroico o de la
amistad con Dios, sino del consumo, un consumo ilimitado y competitivo. El modelo
antropológico que subyace en la sociedad de consumo es el de productor-consumidor,
definición que comparte el hombre con los animales, si bien un animal suele
consumir lo que necesita, en tanto que el hombre puede consumir por consumir,
competir por la sofisticación. Es el triunfo del mercado, el gobierno del
mercado, el paroxismo del mercado.
Edad antropomórfica, edad
teocéntrica, edad mercatólatra. Ciudades con estatuas, ciudades con catedrales,
ciudades con publicidad. En los dos primeros casos, admiración e incitación a
la excelencia o al agradecimiento: ser famoso, ser bueno, ser mejor; en el
tercer caso, importa más el estar que el ser: estar mejor, consumir más. El
mundo antiguo mira hacia la mos maiorum,
las costumbres de los antepasados o las vidas de los santos. El mundo
contemporáneo –me refiero al económicamente boyante- trabaja por el bienestar.
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