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viernes, 4 de septiembre de 2015

Los géneros de la violencia

La violencia, más que radicar en el género, anida en las personas. Género es una categoría gramatical y taxonómica, descriptiva, sin connotaciones morales. El concepto de género es abstracto, como todos los conceptos. Las personas reales, hombres y mujeres, poseemos un gen de la violencia que podemos combatir pero que de hecho aflora de un modo u otro. De los animales no creo que pueda decirse que son violentos del modo en que empleamos ese adjetivo para los humanos. Los animales luchan por la supervivencia, carecen de malicia. Las personas, sí, hombres y mujeres podemos ser pacíficos o violentos. El ser humano se va forjando mediante sus decisiones a lo largo de la vida. Lo normal es que no seamos pacíficos o violentos en estado puro, sino que haya en nosotros actitudes cordiales o agreesivas en distintas proporciones y con diversas manifestaciones.
No parece razonable estigmatizar a los varones con la violencia. Para un análisis bipolar, tan grato a la Edad Contemporánea, es muy socorrido destacar la violencia varonil frente a la femenil. Reducir el mundo humano a dos elementos en conflicto ha sido un método muy fructífero (y dañino) desde la Revolución francesa hasta nuestros días. Girondinos / jacobinos; izquierda / derecha; burguesía / proletariado; público / privado… y hombres / mujeres… Ese trastorno bipolar, de gran rentabilidad política, despliega una notable energía manipuladora. Quizás esta interpretación bipolar sea un maniqueísmo redivivo: un principio del bien y del mal en combate. El problema es que el mal y el bien andan mezclados, e identificar el mal con una clase, un grupo, un género, etcétera, suele ser reduccionista y por tanto injusto.


                Parece claro que el varón, por su constitución psicosomática, es más proclive a la violencia física. Pero la física no es la única violencia. Sí es quizás la más ostensible, la más noticiable. Pero la noticiabilidad no es el rasgo principal de las cosas. No debería serlo. Hay otras formas de violencia: resentimientos, reproches, agravios, insultos, desprecios, imposiciones, enfados, indiferencias, obcecaciones… No veo razonable pensar que el pecado original, la inclinación al mal o como queramos llamarlo haya afectado más a los varones que a las mujeres.
                Para que las terapias sean eficaces, los diagnósticos han de ser lo más completos posibles, sin restricciones mentales.
                Si hablamos de relaciones de pareja, y de la violencia que surge en ella, no se puede escamotear ningún análisis. El tipo de relación es muy pertinente: estable, inestable, matrimonial, pasajera, comprometida, sentimental… Si las agresiones físicas se producen en su mayor parte entre parejas de hecho, habrá que concluir que ese tipo de relación puede ser factor de riesgo. Lo contrario sería negar la evidencia.
                Si denunciamos la violencia en las parejas, no puede excluirse el aborto, que no es solo violencia contra el nasciturus sino también contra la mujer, que ha de padecer la irresponsabilidad del varón en un proceso en el que se lava las manos sin mediación quirúrgica. Violencia también la constituyen los ataques a la racionalidad en las relaciones de pareja en beneficio de una hipertrofia de la voluntad y de las emociones. Todas las tradiciones sapienciales coinciden en que la prudencia, la cordura, la razón, en definitiva, ha de conducir el timón de la vida. El divorcio express, por ejemplo, socaba esa presencia del logos, del contrato y del compromiso. La vida humana y, máxime, la afectiva, navega entre razón y pulsión. Desprestigiar la razón no es el óptimo camino de combatir la violencia. Ya señaló el inefable Umbral la contradicción de querer revestir de derecho a las parejas de hecho. El derecho, cuando es justo, protege los hechos. La razón contrapesa las pulsiones. Violencia y pasión son del mismo género. Razón y voluntad contribuyen a humanizar las relaciones sexuales entre las personas.
                Son los géneros de la violencia, más que la violencia de género. 

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