La violencia, más que radicar en
el género, anida en las personas. Género es una categoría gramatical y
taxonómica, descriptiva, sin connotaciones morales. El concepto de género es
abstracto, como todos los conceptos. Las personas reales, hombres y mujeres,
poseemos un gen de la violencia que podemos combatir pero que de hecho aflora
de un modo u otro. De los animales no creo que pueda decirse que son violentos
del modo en que empleamos ese adjetivo para los humanos. Los animales luchan
por la supervivencia, carecen de malicia. Las personas, sí, hombres y mujeres podemos
ser pacíficos o violentos. El ser humano se va forjando mediante sus decisiones
a lo largo de la vida. Lo normal es que no seamos pacíficos o violentos en
estado puro, sino que haya en nosotros actitudes cordiales o agreesivas en
distintas proporciones y con diversas manifestaciones.
No parece razonable estigmatizar
a los varones con la violencia. Para un análisis bipolar, tan grato a la Edad
Contemporánea, es muy socorrido destacar la violencia varonil frente a la
femenil. Reducir el mundo humano a dos elementos en conflicto ha sido un método
muy fructífero (y dañino) desde la Revolución francesa hasta nuestros días.
Girondinos / jacobinos; izquierda / derecha; burguesía / proletariado; público /
privado… y hombres / mujeres… Ese trastorno bipolar, de gran rentabilidad
política, despliega una notable energía manipuladora. Quizás esta
interpretación bipolar sea un maniqueísmo redivivo: un principio del bien y del
mal en combate. El problema es que el mal y el bien andan mezclados, e
identificar el mal con una clase, un grupo, un género, etcétera, suele ser
reduccionista y por tanto injusto.
Parece claro que el varón, por su
constitución psicosomática, es más proclive a la violencia física. Pero la
física no es la única violencia. Sí es quizás la más ostensible, la más
noticiable. Pero la noticiabilidad no
es el rasgo principal de las cosas. No debería serlo. Hay otras formas de
violencia: resentimientos, reproches, agravios, insultos, desprecios,
imposiciones, enfados, indiferencias, obcecaciones… No veo razonable pensar que
el pecado original, la inclinación al mal o como queramos llamarlo haya
afectado más a los varones que a las mujeres.
Para
que las terapias sean eficaces, los diagnósticos han de ser lo más completos posibles,
sin restricciones mentales.
Si
hablamos de relaciones de pareja, y de la violencia que surge en ella, no se
puede escamotear ningún análisis. El tipo de relación es muy pertinente:
estable, inestable, matrimonial, pasajera, comprometida, sentimental… Si las
agresiones físicas se producen en su mayor parte entre parejas de hecho, habrá
que concluir que ese tipo de relación puede ser factor de riesgo. Lo contrario
sería negar la evidencia.
Si
denunciamos la violencia en las parejas, no puede excluirse el aborto, que no
es solo violencia contra el nasciturus
sino también contra la mujer, que ha de padecer la irresponsabilidad del varón
en un proceso en el que se lava las manos sin mediación quirúrgica. Violencia
también la constituyen los ataques a la racionalidad en las relaciones de
pareja en beneficio de una hipertrofia de la voluntad y de las emociones. Todas
las tradiciones sapienciales coinciden en que la prudencia, la cordura, la
razón, en definitiva, ha de conducir el timón de la vida. El divorcio express,
por ejemplo, socaba esa presencia del logos, del contrato y del compromiso. La
vida humana y, máxime, la afectiva, navega entre razón y pulsión. Desprestigiar
la razón no es el óptimo camino de combatir la violencia. Ya señaló el inefable
Umbral la contradicción de querer revestir de derecho a las parejas de hecho.
El derecho, cuando es justo, protege los hechos. La razón contrapesa las pulsiones.
Violencia y pasión son del mismo género. Razón y voluntad contribuyen a
humanizar las relaciones sexuales entre las personas.
Son los
géneros de la violencia, más que la violencia de género.
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