El arte, en su origen, tiene que ver con la religión.
Pensemos en las representaciones de los dioses, de sus historias, en los
templos. Pensemos en la iconografía cristiana. El arte representa lo religioso;
se constituye también como ofrenda a la divinidad. Expresa una belleza que
sublima lo ordinario.
La creación de los museos, sin embargo, cambia el signo del
arte. Cuadros o esculturas que integraban un espacio sacro o profano se vuelven
en protagonistas. Más allá del deseo de agrupar obras dispersas que de otro
modo sería difícil contemplar, se produce un proceso de sacralización del arte.
Se pasa del arte para el culto al culto por el arte o del arte.
Si algo demuestran los procesos de desacralización es que el
hombre es un ser sacralizador, necesitado de lo sagrado. Los monarcas que
gobernaban “por la gracia de Dios” fueron sustituidos por un dios-Estado; las
aristocracias rodeadas por el halo de lo sagrado se cambiaron por la burguesía
postrada ante el mercado; la gracia, don extrínseco de Dios sanante y elevante
de la naturaleza caída, se cambia por los efectos vivificadores de la cultura;
la identidad cristiana se permuta por la identidad nacional, en que la lengua
se dota de un carácter sagrado, constitutivo.
El arte, cuanto más se desubica, más se entroniza y deifica;
más se sacraliza.
Al mismo tiempo, la crisis del concepto de arte que
padecemos, instaura un politeísmo de los valores, una autosacralización, una
sacralización del artista, devenido en un nuevo sacerdote.
Llevará razón d’Ors cuando postulaba el panteísmo como
estado natural al que tiende el hombre cuando pierde el sentido.
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