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viernes, 27 de noviembre de 2015

Del arte para el culto al culto por el arte

El arte, en su origen, tiene que ver con la religión. Pensemos en las representaciones de los dioses, de sus historias, en los templos. Pensemos en la iconografía cristiana. El arte representa lo religioso; se constituye también como ofrenda a la divinidad. Expresa una belleza que sublima lo ordinario.
La creación de los museos, sin embargo, cambia el signo del arte. Cuadros o esculturas que integraban un espacio sacro o profano se vuelven en protagonistas. Más allá del deseo de agrupar obras dispersas que de otro modo sería difícil contemplar, se produce un proceso de sacralización del arte. Se pasa del arte para el culto al culto por el arte o del arte.
Si algo demuestran los procesos de desacralización es que el hombre es un ser sacralizador, necesitado de lo sagrado. Los monarcas que gobernaban “por la gracia de Dios” fueron sustituidos por un dios-Estado; las aristocracias rodeadas por el halo de lo sagrado se cambiaron por la burguesía postrada ante el mercado; la gracia, don extrínseco de Dios sanante y elevante de la naturaleza caída, se cambia por los efectos vivificadores de la cultura; la identidad cristiana se permuta por la identidad nacional, en que la lengua se dota de un carácter sagrado, constitutivo.
El arte, cuanto más se desubica, más se entroniza y deifica; más se sacraliza.
Al mismo tiempo, la crisis del concepto de arte que padecemos, instaura un politeísmo de los valores, una autosacralización, una sacralización del artista, devenido en un nuevo sacerdote.

Llevará razón d’Ors cuando postulaba el panteísmo como estado natural al que tiende el hombre cuando pierde el sentido.


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