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sábado, 12 de diciembre de 2015

El ladrón y la tribu

Ahora a los ladrones los llaman corruptos, y a robar, estar corrompidos. Ladrones ha habido siempre, máxime entre quienes tenían más posibilidades de hacerlo, por disponer de más bienes a su alcance. Robar es malo, y peor si se roba de lo común, de lo público, de lo de todos. De ahí que políticos y gobernantes tengan un especial deber de ser honrados. Pero, ¿quién habla de honradez, quién habla de virtudes y vicios, quién habla de esa cosa tan simple de "hacer el bien y evitar el mal"? Apenas se nombra la honradez. Aquí solo se habla de saber inglés, de saber adaptarse a los cambios, de insertarse en el mercado laboral... proclamas rusonianas que obvian el carácter libre y responsable, moral de cada persona. Como mucho, se habla de educar en valores, un concepto abstracto que escamotea el único modo, desde Adán y Eva, de ser mejor persona, a saber, cultivar hábitos operativos buenos, o sea, virtudes.
Con las habilidades de una educación de homo habilis, con el inglés y con la inserción en el mercado, no se combate el irrefrenable deseo de poseer que anida en el corazón humano.
Por lo demás, el mapa social se dibuja en dos grandes tribus (divididas a su vez en subtribus), la tribu de la derecha y la de la izquierda: los buenos y los malos o los malos o los buenos. En un alarde de agudeza intelectual, la sociedad se puede distribuir también en dos grupos: los progresistas y los retrógrados. Si estás en la tribu de los buenos, eres bueno; si estás en la tribu de los malos, eres malo. Por supuesto, en este esquema, la moral personal, la honradez personal, las virtudes... son incomprensibles. La cultura contemporánea ha consagrado como sujeto social el grupo, el partido, el colectivo, la clase, la placa tectónica, la manada de homínidos adaptándose a los cambios... un paradigma completamente extraño, por cierto, del reivindicado por personajes de la talla de Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, San Agustín, Boecio, Vives o Cervantes...
El marco contemporáneo es el maniqueo: fuerzas del bien y fuerzas del mal. Un maniqueísmo inmanente, por supuesto, y encarnado en la sesuda división básica entre izquierda y derecha.



El maniqueísmo antiguo situaba la lucha entre el bien y el mal en un plano cósmico, espiritual. El materialismo contemporáneo lo sitúa en la sociedad visible, pues no cree en lo invisible. Para el cristianismo el bien absoluto (Dios) y el mal completo (infierno: suma de todos los males sin mezcla de bien alguno) no están en este mundo, sino fuera de él, de modo que el bien y el mal andan mezclados, aun en cada persona. Pero el cristianismo es trascendente. El materialismo inmanente necesita sacralizar y demonizar elementos de este mundo. Por ejemplo, Hitler es Satán, el Estado o la democracia son dios, la derecha es el infierno... e così via...
Pero aun así, no puede negarse la corrupción y se siente el impulso de combatirla. Obstáculos, a mi juicio, de la lucha contra esta corrupción son:
a) un Estado fagocitador que cada vez engrandece su tesoro y ofrece más posibilidades de enriquecerse a sus administradores
b) la multiplicación hasta el infinito del número de políticos, afán de esas oligarquías llamadas partidos
c) que el único mérito exigido a un político sea ser amigo del que confecciona la lista. El trabajo de político es el único que no precisa currículum, a pesar de ser el encargado de administrar los fondos públicos y de regir la cosa pública.

El problema no radica en que la sociedad esté dividida en tribus (siempre lo ha estado) sino que esté dividida solo en dos tribus y sin referente moral alguno: una vanguardia y una retaguardia de un proceso determinista en que la persona humana (el epicentro del humanismo grecolatino y cristiano-renacentista) se esfuma.
Desde este esquema estructural darwiniano-materialista se hace difícil comprender y combatir el mal que cada individuo está inclinado a cometer.



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