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domingo, 20 de diciembre de 2015

Aprender sin esfuerzo

El deporte exige un notable esfuerzo. Nadie lo duda. Es una actividad competitiva que precisa una férrea disciplina, sobre todo en los niveles superiores. La revolución científica y tecnológica en que estamos embarcados desde hace decenios también ha supuesto un enorme esfuerzo mental y laboral. El hombre ha logrado vencer la fuerza de la gravedad con la aviación y la navegación espacial; ha acortado las distancias con los ferrocarriles y automóviles; ha levantado rascacielos, construido presas, allanado montañas, descubierto artilugios que han revolucionado las comunicaciones y la sanidad.
Sin embargo, cuando de aprender se trata en escuelas primarias, medias y universitarias, todo ha de tornarse juego, divertimento, ligereza, suavidad... como si los conocimientos pudieran entrar en el cerebro por ósmosis. Este planteamiento tan rusoniano, tan edulcorado trae como consecuencia no aprender casi nada. Se estabula a los niños y jóvenes, se les pasa la mano por el hombro (metafóricamente), pero asimilan poco. ¿Quién escribió La Celestina? ¿Cuándo empezó la Edad Media? ¿Qué dice el teorema de Pitágoras? ¿Qué es una república? ¿Cuál es la capital de Bolivia? Nada de nada.
Si para entrenar el cuerpo, darle mayor elasticidad, evitar la obesidad y el sedentarismo se necesita esfuerzo, ¿por qué no ha de precisarse para aprender, para ordenar la memoria, para argumentar, para pensar, para interpretar, para criticar? ¿Es que la mente es un vapor gaseoso que se rellena con bebidas isotónicas?
Leer es ascender por el monte de la abstracción desde el valle de la imagen. Leer, la llave del conocimiento escolar, exige esfuerzo, superar la distracción, ir más allá de la imaginación, desarrollar el pensamiento abstracto, pensar conceptos, enhebrar argumentos...
Sin esfuerzo no hay lectura, ni comprensión de textos, ni asimilación de conocimientos. No hay formación, ni aprendizaje.
El miedo al esfuerzo es miedo a la vida. Es ignorancia de la naturaleza humana: un combate entre razón y pulsión, entre pereza y diligencia, entre ignorancia y sabiduría, entre ciencia y opinión.




sábado, 19 de diciembre de 2015

El nombre exacto de las cosas

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas...

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

Juan Ramón Jiménez
Eternidades (1918) 


 El nombre exacto de las cosas. Y el nombre exacto de Navidal, Nadal, Natale es Natividad, nacimiento, generación. La navidad es una fiesta del nacimiento, de la renovación, de la novedad, de la recreación.
Pero la Navidad conmemora el nacimiento de Jesús en Belén hace 2015 años. La fiesta es muy relevante porque nuestro cómputo de años parte de su nacimiento. Es lo que se llama un cambio de la historia, un antes y un después.
La vida de Jesús ha inspirado dos modelos antropológicos muy productivos: el del santo y el mártir. Primeros modelos en los que varón y mujer están en igualdad de condiciones. Pues el héroe homérico, el campesino hesiódico, el atleta pindárico, el filósofo socrático y el orador romano son fundamentalmente masculinos.
El santo y el mártir democratizan lo heroico, reservado hasta entonces al estamento aristocrático. Para ello, sustituye la fama social por el aplauso divino. El santo no se sentirá tentado por el suicidio si fracasa, si es rechazado por la tribu, pues sabe que sus fracasos tienen fecha de caducidad para la misericordia divina. El santo puede convertir en heroico lo prosaico, pues no es la gesta, sino el amor lo decisivo.
En la historia universal el papel de santos y mártires ha sido decisiva. Piénsese en San Agustín, San Benito, San Patricio, San Cirilo, San Metodio, San Francisco, Santo Tomás Moro o San Juan Pablo II. Y Santa María ha sido la mujer más imitada y ensalzada, hasta el punto de no poder establecer cuál es la segunda.
Otros modelos antropológicos como el caballero medieval, el cortesano renacentista o el discreto barroco poseen elementos cristianos. San Agustín y otros no pocos han integrado en su santidad al filósofo socrático y al orador romano.
Estas y otras razones hacen que el nombre exacto de la Navidad nos lleve a realidades fundantes que van más allá de los buenos sentimientos.





sábado, 12 de diciembre de 2015

El ladrón y la tribu

Ahora a los ladrones los llaman corruptos, y a robar, estar corrompidos. Ladrones ha habido siempre, máxime entre quienes tenían más posibilidades de hacerlo, por disponer de más bienes a su alcance. Robar es malo, y peor si se roba de lo común, de lo público, de lo de todos. De ahí que políticos y gobernantes tengan un especial deber de ser honrados. Pero, ¿quién habla de honradez, quién habla de virtudes y vicios, quién habla de esa cosa tan simple de "hacer el bien y evitar el mal"? Apenas se nombra la honradez. Aquí solo se habla de saber inglés, de saber adaptarse a los cambios, de insertarse en el mercado laboral... proclamas rusonianas que obvian el carácter libre y responsable, moral de cada persona. Como mucho, se habla de educar en valores, un concepto abstracto que escamotea el único modo, desde Adán y Eva, de ser mejor persona, a saber, cultivar hábitos operativos buenos, o sea, virtudes.
Con las habilidades de una educación de homo habilis, con el inglés y con la inserción en el mercado, no se combate el irrefrenable deseo de poseer que anida en el corazón humano.
Por lo demás, el mapa social se dibuja en dos grandes tribus (divididas a su vez en subtribus), la tribu de la derecha y la de la izquierda: los buenos y los malos o los malos o los buenos. En un alarde de agudeza intelectual, la sociedad se puede distribuir también en dos grupos: los progresistas y los retrógrados. Si estás en la tribu de los buenos, eres bueno; si estás en la tribu de los malos, eres malo. Por supuesto, en este esquema, la moral personal, la honradez personal, las virtudes... son incomprensibles. La cultura contemporánea ha consagrado como sujeto social el grupo, el partido, el colectivo, la clase, la placa tectónica, la manada de homínidos adaptándose a los cambios... un paradigma completamente extraño, por cierto, del reivindicado por personajes de la talla de Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, San Agustín, Boecio, Vives o Cervantes...
El marco contemporáneo es el maniqueo: fuerzas del bien y fuerzas del mal. Un maniqueísmo inmanente, por supuesto, y encarnado en la sesuda división básica entre izquierda y derecha.



El maniqueísmo antiguo situaba la lucha entre el bien y el mal en un plano cósmico, espiritual. El materialismo contemporáneo lo sitúa en la sociedad visible, pues no cree en lo invisible. Para el cristianismo el bien absoluto (Dios) y el mal completo (infierno: suma de todos los males sin mezcla de bien alguno) no están en este mundo, sino fuera de él, de modo que el bien y el mal andan mezclados, aun en cada persona. Pero el cristianismo es trascendente. El materialismo inmanente necesita sacralizar y demonizar elementos de este mundo. Por ejemplo, Hitler es Satán, el Estado o la democracia son dios, la derecha es el infierno... e così via...
Pero aun así, no puede negarse la corrupción y se siente el impulso de combatirla. Obstáculos, a mi juicio, de la lucha contra esta corrupción son:
a) un Estado fagocitador que cada vez engrandece su tesoro y ofrece más posibilidades de enriquecerse a sus administradores
b) la multiplicación hasta el infinito del número de políticos, afán de esas oligarquías llamadas partidos
c) que el único mérito exigido a un político sea ser amigo del que confecciona la lista. El trabajo de político es el único que no precisa currículum, a pesar de ser el encargado de administrar los fondos públicos y de regir la cosa pública.

El problema no radica en que la sociedad esté dividida en tribus (siempre lo ha estado) sino que esté dividida solo en dos tribus y sin referente moral alguno: una vanguardia y una retaguardia de un proceso determinista en que la persona humana (el epicentro del humanismo grecolatino y cristiano-renacentista) se esfuma.
Desde este esquema estructural darwiniano-materialista se hace difícil comprender y combatir el mal que cada individuo está inclinado a cometer.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Nuevos pecados capitales

Se puede ser inmoral, pero no amoral. Un humano amoral es un psicópata, un monstruo. Porque el hombre es consciente y libre, ignorante y débil. Un ser sediento de bien y experimentador del mal. Un ser metafísico, que es, pero que aspira a ser más o mejor. Alguien viviente en un ser en perspectiva de un deber ser, en función de un modelo antropológico, sea héroe, honrado campesino, santo, caballero, mercader o técnico.
De manera que puede aceptarse una moral u otra, pero es difícil vivir al margen de moral alguna. Hasta los grupos terroristas poseen su "código ético".
Una prueba irrefutable del sentido del bien y del mal la verifica el sujeto pasivo, que deja de ser relativista si es golpeado, vejado, robado o engañado; entonces clama por el respeto a la integridad física y moral, el derecho a la propiedad o el cumplimiento de lo pactado.
Se pueden considerar "desfasados" los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza), pero no es probable que se dejen de señalar determinadas conductas como pecado, mal, daño... Al no poder negar la existencia del mal, surge la necesidad de señalarlo y estigmatizarlo.
Algunos pecados con vigencia social en nuestro mundo son la obesidad, el tabaquismo, el machismo, la homofobia y la "ademocracia" (rechazo de la democracia).


El problema de la ética fragmentaria, oportunista, reduccionista y unilateral es que incurre en muchas contradicciones, al desgajarse de un árbol antropológico y de una savia vivificadora.

La obesidad es negativa; pero más aún esa publicidad que presenta delgadeces de salón de belleza; idealizaciones que perturban la aceptación del propio cuerpo y patologizan la nutrición.
El tabaco es dañino, pero no se sostiene que el Estado reciba con una mano los beneficios de la venta de tabaco y con la otra gaste dinero público en campañas antitabáquicas.
Si por machismo se entiende la falta de respeto a la mujer en múltiples actitudes, hay que condenarlo; pero también es condenable un feminismo que niega el hecho diferencial femenino y masculiniza a la mujer.
La homofobia es ejemplo de palabra inventada, esto es, de manipulación lingüística. Se pasa de la exigencia de respeto a las personas homosexuales (respeto irrenunciable) a la exaltación del modelo antropológico sexual de estilo dogmático. Todas la personas son respetables pero, desde luego, todas las ideas (también las de la ideología de género), discutibles.
El establecimiento de la política como religión y de la democracia como su propio culto ha producido la sacralización de la democracia, que no es otra cosa que un sistema de gobierno. Las objeciones a la democracia (que por supuesto no es concepto unívoco) se perciben como pecado que ha de purgarse con la pérdida del honor con el sambenito de medios de comunicación y deseables penas en la hacienda y en la privación de libertad.
La fabricación fragmentaria de nuevos pecados no resiste la confrontación no ya con el decálogo mosaico, sino tampoco con la Ética a Nicómaco.
Desde el voluntarismo emotivista entregado, en el mejor de los casos, a una razón matemática, y, en los más, a una acción inmediata que solo mira a un resultado presumiblemente útil el diagnóstico sobre el mal, sus causas y su terapia se vuelve imposible.



sábado, 5 de diciembre de 2015

La chistera de los derechos

Todo derecho parte de un hecho. Todo derecho implica un deber.

Si puedo dar clases de literatura en todos los niveles educativos, parte del hecho de que soy licenciado en filología, con certificado de aptitud pedagógica y doctor. Si no tengo derecho a ejercer la abogacía, parte del hecho de que no soy licenciado en derecho. Si no puedo conducir, parte del hecho de que carezco de carnet. Pero si poseo el derecho a dar clases de literatura, también me atañe el deber de impartirla con rigor. Si el racismo carece de derecho, es porque partimos del hecho de que el color de la piel es accidental y no esencial y, por tanto, un blanco y un negro son igualmente seres humanos, más allá de las diferencias morfológicas. Y si hablamos del derecho a la educación, no podemos omitir el deber de aprovecharla. ¿O es indiferente que un alumno se dedique a disparar con su tirachinas al profesor?
Hablar de derechos sin mencionar los deberes correspondientes es demagógico.
Defender derechos sin justificar los hechos en que se fundamentan implica un déficit racional.
"Ampliar derechos" es oportuno cuando responden a hechos. No se pueden ampliar derechos arbitrariamente, como si fueran animalitos que se sacan de la chistera.
"Ampliar derechos" indefinidamente es una espiral de la sinrazón, una posición propia de un niño caprichoso y consentido que desconoce lo que significa la responsabilidad. 

En un reciente debate, el actual secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, resumía así los logros de su partido desde que comenzó el régimen democrático en España: sanidad pública, educación pública, ley de dependencia, ley de interrupción voluntaria del embarazo, ley de memoria histórica, estatuto de los trabajadores autónomos, ley de matrimonio de personas del mismo sexo.

La sanidad pública y la educación pública no son un don concedido por el PSOE, ni aun son invento democrático sino herencia anterior.

Pero esto no es lo que quería destacar. Sánchez llama "avances" a todas estas leyes. Discrepo en dos casos: la ley de interrupción voluntaria del embarazo (¿por qué usa un eufemismo en lugar de llamarla por su nombre?) es un torpedo en la línea de flotación de los derechos humanos. El derecho a matar es el opuesto al derecho a vivir. La espiral de los derechos-chistera sin hechos que los avalen y con el deber esfumado produce esa ley ilegal, ese derecho a lo torcido llamado aborto, que hace incoherentes no pocas proclamas contra injusticias presentes y pasadas que mira hacia otro lado en este caso.
Por lo que respecta a la ley del matrimonio de personas del mismo sexo asistimos a un olímpico desprecio del hecho de que la unión heterosexual, al ser potencialmente fecunda, es sustancialmente (y no solo accidentalmente) diversa de la unión de homosexuales y, por tanto, merecedora de nombre diverso. La ley injusta suele serlo no solo per se, sino por su daño a terceros. 
Sánchez se enorgullece de que el PSOE ha abanderado la España de los derechos y la España de las libertades y ahora defiende la España de las oportunidades. Conviene revisar si todo derecho está legitimado como tal. Y para ello hay que reflexionar sobre los hechos y sobre los deberes. Quizás el Sobre los deberes de Cicerón pueda ser una lectura interesante.








miércoles, 2 de diciembre de 2015

Religión: política; credo: democracia; púlpito: televisión


El humanismo es un corpus de ideas antropocéntricas no cerrado a la trascendencia. Confía en la razón. Escribe diálogos. Aborda la política como Platón en la República, y engendra la Utopía de Moro.
La filosofía moderna produce sistemas cerrados a la trascendencia. Confía en la razón matemática. Escribe tratados.
La Ilustración genera enciclopedias y panfletos. Su afán es la divulgación. Confía en la acción inmediata. Produce utopías políticas.
La Edad Contemporánea, que ha sustituido a los reyes "por la gracia de Dios", por el dios-Estado; la aristocracia, por la burguesía; la cristiandad, por la nación y el mercado; la gracia, por la cultura, ha convertido la política en su religión; la democracia en su credo; y los periódicos y la televisión en su púlpito.
La política, ciencia y praxis penúltima. porque no puede abordar los misterios de la vida y de la muerte, del amor y del dolor, se presenta como clave interpretativa y acción última, y lo invade todo.
La democracia, que es un sistema de gobierno y, por tanto, un camino para la justicia, se convierte en fin, y "demócrata" sustituye a "justo", cuando el procedimiento nunca puede ser suficiente garantía de justicia. Se confunde legitimidad con justicia. Se reprocha a Claudio su usurpación del poder, pero se cohonesta al legítimo Creonte. Se reserva la justicia al régimen, no a la ley.
Los medios de comunicación se erigen en la nueva Biblia. La lectura de periódicos, escribió Hegel, es la oración de la mañana del hombre moderno. La interpretación apresurada (opinión) sustituye a la ciencia. Los medios taponan la salida de la caverna. El hombre vive en la inmediatez de la apariencia con más razones que nunca: una lluvia de noticias que no se puede asimilar. La marea de opiniones provocan el espejismo de que todas las opiniones poseen el mismo valor, o sea, ninguno.
La televisión convierte la vida social en espectáculo. El actor de cine sustituye al sabio, al anciano. La confianza en la acción inmediata es directamente proporcional a la ausencia de discreción, cordura, prudencia y sensatez. La falacia dicotómica izquierda-derecha facilita el no pensamiento. Y el más demagogo aliado con el menos escrupuloso empresario de televisión tiene las de ganar.

martes, 1 de diciembre de 2015

Los idiomas son herramientas


Los idiomas son herramientas. Las herramientas son importantes, pero más importante es el fin para el que se usa la herramienta. El martillo es útil para clavar el clavo, pero está al servicio del clavo, y el clavo al servicio del cuadro. Cuando se mira un cuadro, no se advierte el clavo, ni se recuerda el martillo.
Las lenguas son herramientas, instrumentos para la comunicación. Las lenguas son instrumentos maravillosos, pero el fin es la comunicación.
Saber idiomas está bien, saber comunicar estar mejor. Saber idiomas puede ser útil, pero es más necesario saber algo de algo. Si se sabe poco, la comunicación es pobre, aunque se dominen varios idiomas.
El idioma es camino, método, pero se trata de llegar a un término, en este caso la comunicación. Aun la poesía, palabras vueltas sobre sí mismas, es comunicativa, significativa. Un lienzo lo aguanta todo, un folio no. Si las palabras no comunican nada, el texto se vuelve opaco, acaba en un callejón sin salida.
La vanguardias en las artes plásticas han tenido un largo recorrido; las vanguardias literarias, no. Porque, repito, el lienzo aguanta todo; el folio no. Hay un Museo del Prado y un Museo Reina Sofía. No puede haber un Museo Reina Sofía de la Literatura. La ocurrencia, la boutade, la provocación tienen menos recorrido verbal que plástico.
Saber idiomas está bien; pero saber, a secas, está mejor. Saber, saborear, quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, saber historia, filosofía, literatura, arte. Atar cabos, comprender.

El debate político como boxeo


¿Quién ganó el debate político entre los candidatos? La pregunta se funda sobre la metáfora "un debate es un partido de boxeo". La metáfora puede perder su condición de tropo cuando las palabras se arrojan como puños. En cualquier caso, la pregunta sobre la victoria rebaja la oratoria a un ejercicio de púgiles.
El objetivo de la oratoria es enseñar, convencer y deleitar; o explicar, mover y conmover. El discurso se dirige a la razón, a la voluntad y a la sensibilidad.
Las preguntas habrían de ser: ¿quién se explicó mejor? ¿quién convenció más? ¿quién conmovió más fuertemente?
Aunque lo más racional sería analizar los argumentos, y sopesar cuáles están mejor construidos y responden mejor a la realidad.
El debate como boxeo, el debate como espectáculo. ¿Es la televisión quien espectaculariza, boxealiza la oratoria? ¿Es la televisión la que degrada el discurso, la que desverbaliza al hombre?

viernes, 27 de noviembre de 2015

Del arte para el culto al culto por el arte

El arte, en su origen, tiene que ver con la religión. Pensemos en las representaciones de los dioses, de sus historias, en los templos. Pensemos en la iconografía cristiana. El arte representa lo religioso; se constituye también como ofrenda a la divinidad. Expresa una belleza que sublima lo ordinario.
La creación de los museos, sin embargo, cambia el signo del arte. Cuadros o esculturas que integraban un espacio sacro o profano se vuelven en protagonistas. Más allá del deseo de agrupar obras dispersas que de otro modo sería difícil contemplar, se produce un proceso de sacralización del arte. Se pasa del arte para el culto al culto por el arte o del arte.
Si algo demuestran los procesos de desacralización es que el hombre es un ser sacralizador, necesitado de lo sagrado. Los monarcas que gobernaban “por la gracia de Dios” fueron sustituidos por un dios-Estado; las aristocracias rodeadas por el halo de lo sagrado se cambiaron por la burguesía postrada ante el mercado; la gracia, don extrínseco de Dios sanante y elevante de la naturaleza caída, se cambia por los efectos vivificadores de la cultura; la identidad cristiana se permuta por la identidad nacional, en que la lengua se dota de un carácter sagrado, constitutivo.
El arte, cuanto más se desubica, más se entroniza y deifica; más se sacraliza.
Al mismo tiempo, la crisis del concepto de arte que padecemos, instaura un politeísmo de los valores, una autosacralización, una sacralización del artista, devenido en un nuevo sacerdote.

Llevará razón d’Ors cuando postulaba el panteísmo como estado natural al que tiende el hombre cuando pierde el sentido.


jueves, 1 de octubre de 2015

(In)dependientes



Absoluto significa desligado, suelto, sin dependencia. No somos seres absolutos, somos seres dependientes, ligados, finitos, limitados. Nacemos dependientes de nuestros padres. No hemos elegido nacer, ni el momento, ni el lugar, ni el sexo, ni a los progenitores. Nos han hecho nacer. Nuestra dependencia es congénita, inicial, estructural, y no ha terminado con el nacimiento. Durante varios años, nuestra vida extrauterina es tan dependiente como la uterina. Sin ayuda externa moriríamos indefectiblemente. El ser humano tarda bastante en hacerse autónomo.
            No somos absolutos en cuanto a nuestro origen ni en cuanto a nuestro ser. Somos corporales. Estamos limitados por el espacio y por el tiempo. No podemos estar en dos lugares a la vez ni en dos tiempos a la vez. Ciertamente, nuestra mente sí puede desligarse de las coordenadas espacio-temporales (la literatura es eso), pero nuestro cuerpo no. Nuestra naturaleza también condiciona y aún determina nuestra acción. No somos aves, ni anfibios, ni estamos particularmente dotados para la velocidad. No podemos volar con nuestras propias fuerzas ni vivir dentro del agua sin artilugios.
            Nuestra vida corporal no es estática, sino dinámica. Nacemos, crecemos, nos desarrollamos, envejecemos, morimos. Y aunque muchos mueren antes de envejecer, todos morimos.
            Somos finitos, limitados. No somos absolutos. El obrar sigue al ser. Un ser limitado obra también limitadamente. Nuestra libertad no es absoluta. Es una libertad limitada. No podemos hacer todo lo que queremos. En unos casos por imposibilidad completa, en otros casos por imposibilidad espacial, temporal o de otro tipo. Proposiciones del tenor “sé lo que quieras ser”, “llegarás a donde te propongas”, etcétera, están muy bien en libros de autoayuda y en esas presentaciones edulcoradas que circulan por internet, pero no son ciertas. Es verdad que podemos cultivar grandes sueños, que podemos tener grandes ambiciones, pero no es cierto que podamos ser o hacer lo que queramos. Nuestro temperamento, nuestro carácter, nuestras coordenadas espacio-temporales, nuestra educación, nuestros recursos, etcétera, nos limitan.
            Los límites nos son ni buenos ni malos, sencillamente son. Negar lo que es, negar la realidad no es un buen camino para llegar a ningún sitio. El espacio y el tiempo nos limitan. Nuestras aptitudes intelectuales, volitivas, emocionales y físicas nos limitan. Ahora bien, en el marco de nuestros límites podemos hacer muchas cosas, o intentarlas. Es limitado el bloque de mármol que esculpe un escultor; es limitado el muro o el lienzo donde pinta un pintor; es limitado el número de letras y de palabras que combina un escritor; es limitado el número de sonidos que encadena un compositor. Pero hay esculturas, pinturas, libros y músicas maravillosas. El límite no es una amenaza, es una oportunidad.


            Nuestra libertad no es absoluta, es limitada. Limitada no significa exigua, insignificante, inexistente. Limitada significa que no es absoluta, que está condicionada, pero posee su espacio, y en ese espacio puede actuar. El espíritu humano puede llegar mucho más lejos de los límites espacio-temporales en que vive. Pero llegar mucho más lejos no significa libertad absoluta. Boecio, condenado a muerte, escribe su Consolación de la filosofía. No pudo detener el proceso de su ejecución, que adelantó el desarrollo vital que acaba con la muerte. No pudo detener ese proceso que continúa con la descomposición corporal, no pudo escaparse de su prisión, pero su mente y su voluntad forjaron un espléndido libro que trataba de encontrar un sentido a su dramática situación. Lo cual demuestra que la libertad humana puede llegar más lejos de lo que parece, pero al mismo tiempo hay que reconocer que no puede llegar a donde quiera.
            Somos finitos. Reconozcamos nuestra finitud. Aceptemos nuestra finitud. Nuestra finitud es física, fáctica y moral. No podemos volar por nuestras propias fuerzas, pero podemos hacer un avión. El avión ha logrado mediante la inteligencia lo que no podía nuestro cuerpo. Pero también poseemos una finitud moral, es decir, una capacidad de destruir y de autodestruirnos. Podemos construir un avión. No podemos evitar que alguna vez algún loco o malvado estrelle ese avión y mate a mucha gente.
            “Ser libre es darse a sí mismo las leyes”. Relativamente. No somos libres absolutamente. No tenemos la capacidad ilimitada de darnos a nosotros mismos las propias leyes. Yo puedo establecer la ley de escuchar música hasta las dos de la mañana en mi casa. Pero si tengo un vecino, puede protestar porque no le dejo dormir. Mi autonomía, mi capacidad de establecer mis propias nomoi, leyes, ha de respetar la autonomía del vecino. Una sociedad de autónomos absolutos es una sociedad, de hecho, inviable. La autonomía absoluta como realización fáctica es imposible, y como aspiración, es un despropósito. Nacemos dependientes. Somos dependientes. ¿Nuestra felicidad, progreso y realización se basan en sacudirnos la dependencia? ¿Por qué? No podemos sacudirnos absolutamente la dependencia. Podemos jugar a sacudirnos las dependencias. Pero es imposible. Podemos renegar de nuestros padres, pero son nuestros padres. Podemos renegar de nuestros padres, pero su carga genética, afectiva y psicológica están en nosotros. ¿Nos determinan? Al menos nos condicionan. El hombre es un ser finito, limitado, condicionado. ¿Eso es malo? Eso es lo que es. ¿A quién beneficia vivir de espaldas a la realidad, negar lo que es?
            Puedo llamar a mi esposa ex esposa. Puedo llamar a mi hijo ex hijo. Pero mi esposa es mi esposa, y mi hijo es mi hijo. Al menos, mi esposa es esposa como madre de mi hijo. Todo el mundo está de acuerdo en que un hijo no puede dejar de ser hijo, al menos bilógicamente. Si ha sido mi hijo, es mi hijo y será mi hijo. La relación de paternidad-filiación es permanente. Podemos no hablarnos. Podemos odiarnos. Podemos olvidarnos. Pero yo soy su padre y él es mi hijo, o viceversa. La relación padre-hijo es permanente. Ahora bien, lo que ha originado esa relación, la relación esposo-esposa ¿es provisional? Es extraño que sea provisional la causa de lo permanente. Sí, es provisional el escalón que ha provocado mi caída, pues después lo he suprimido. Pero las relaciones de paternidad, maternidad y filiación son permanentes. Lo que ha causado esas al menos cuatro permanentes relaciones (el padre con el hijo, el hijo con el padre, el madre con el hijo y el hijo con la madre), ¿es provisional? ¿Una relación provisional engendra cuatro relaciones permanentes? Al menos mi esposa sigue siendo esposa en cuanto yo sea padre de NUESTRO hijo. Ciertamente, se pueden poseer varias esposas. Lo que no está tan claro es que las esposas dejen de ser esposas porque yo DECIDO que dejen de serlo.
            Somos dependientes. Si somos inteligentes, lo reconoceremos. Si somos honestos, construiremos nuestra vida sobre el cimiento de esa incontrovertible verdad.
             

sábado, 26 de septiembre de 2015

Teresa y Cervantes o el poder de la lectura

Hace 500 años nacía en Ávila una hija de Alonso Sánchez de Cepeda y de Beatriz Dávila y Ahumada; la niña sería conocida universalmente como Santa Teresa de Jesús. Cien años después, Miguel de Cervantes publicaba en Madrid la segunda parte del Quijote: El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, la historia verdadera de otro Alonso, Alonso Quijano. El Quijote es la novela española más universal.
Dos centenarios que, coincidiendo en este año de 2015, a priori puede parecer que no guardan mucha relación.
        Mujer y varón; religiosa y laico; soltera y casado; autora de literatura ascética y mística y autor de literatura profana; escritora por mandato y escritor por pasión…
        Sin embargo, pueden hallarse relevantes puntos de contacto entre estos dos castellanos que coincidieron los 38 años que abarcan el nacimiento de Cervantes en 1547 hasta la muerte de Teresa en 1585. 


Uno de los factores comunes entre Teresa y Cervantes es el amor a los libros, su pasión lectora, que les hizo compartir durante un tiempo de sus vidas el gusto por un determinado género literario: las novelas de caballerías. La afición de Cervantes por los libros de caballerías es un dato decisivo de su biografía, pues el Quijote es sátira de ese género, como confiesa el autor en las últimas palabras de la novela: 

no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna.

Cervantes es un lector ávido y consciente, con capacidad de criticar lo leído. El propio Quijote es novela sobre el efecto de la lectura. 
Y Teresa, en el Libro de su vida escribe:

[Mi madre] Era aficionada a libros de caballerías, y no tan mal tomaba este pasatiempo, como yo le tomé para mí; porque no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos: y por ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos que no anduviesen en otras cosas perdidos. Desto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta, que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos, y comenzó a enfriar en lo demás; y parecíame, no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento. Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos, y cabello, y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas por ser muy curiosa. (2)

El relato teresiano evoca aquel quijotesco: 

él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. (I, 1)

        Como señalaba Erasmo, los hombres se parecen a los hombres que leen. Cada uno, Teresa y don Quijote, se fijó en lo que más le llamaba la atención. Teresa en los galanteos de que eran objeto las damas. Don Quijote en las acciones heroicas de los caballeros.
        Teresa y Cervantes han sido lectores de caballerías y, después, críticos de esos libros. Los motivos son diversos, pero la crítica los muestra conscientes del poder la lectura. Leer no es solo un acto intelectual. Es acto vivencial, que influye en el lector y en su personalidad. Teresa reniega de esas lecturas porque le enfriaban en su vida espiritual; Cervantes reniega de estos libros porque es literatura imperfecta, que estraga los paladares, alejados de libros de más valor artístico.
        Por ser buenos lectores, por amar los libros y por ser inteligentes, tanto Teresa como Cervantes saben que los libros no son inocentes, que leer no es inocuo, que los libros no suelen pasar por los lectores como el agua entre las piedras. Los libros transforman, influyen, afectan… El Quijote es, precisamente, la historia de una metamorfosis provocada por la lectura. El Quijote es una novela sobre la lectura y sus efectos. Los libros influyen por su forma, su estilo, su lenguaje, su retórica… y por su contenido. Afectan tanto al deleitar como al aprovechar.
        Leer es importante. Pero leer (legere) es elegir. Y elegir es un acto comprometido. Deleitar y aprovechar. Lo estético, queramos o no, no puede divorciarse de lo ético.
       

martes, 22 de septiembre de 2015

EI currículo empaquetado: un abuso de poder

Muchos son los aspectos que se discuten con relación a las leyes educativas: su excesivo número, la falta de un consenso nacional, los métodos de evaluación, la edad de la educación obligatoria, la inclusión y la exclusión de unas y otras asignaturas… Pero, a mi juicio, no se plantea la cuestión fundamental: la legitimidad de los gobiernos para imponer un currículo, esto es, un plan de estudios completo, con poco margen de libertad para padres, profesores y alumnos.
            Cualquier modelo educativo es discutible, ninguno es perfecto; cada uno responde, lógicamente, a las más variadas concepciones antropológicas. Dichos paradigmas han de ser más objeto de debate de foros científicos y académicos que imposiciones gubernamentales o parlamentarias. Pues si toda ley educativa parte de unos presupuestos pedagógicos particulares, ¿por qué han de implantarse de forma monolítica? ¿Porque el Gobierno y el parlamento han salido de las urnas? Las elecciones no cohonestan una exhaustiva reglamentación de los planes de estudios, decretados desde el vértice de la pirámide estatal.
            El principal abuso de poder se produce, a mi parecer, al establecer las leyes educativas este currículo del que venimos hablando: el currículo que cada ministro de Educación, asesorado por unos determinados pedagogos, se ve en la necesidad de componer. Una ley decide que no haya ningún latín obligatorio; otra, que suban las matemáticas; aquella, que baje la filosofía… como si el contenido de los planes fuera patrimonio exclusivo de las inteligencias de sus señorías, reservando a las familias y a los profesores la función de ejecutores de sus dictados. ¿Por qué padres, profesores y alumnos no pueden participar más en la confección de su currículo? ¿No significa democracia, ante todo, participación?
            El Estado ha de intervenir como garante del derecho y deber fundamentales a la educación. Pero intervenir no es sustituir, suplantar, imponer, cerrar, invadir. El Estado mantiene una red de centros de enseñanza y concierta otros –unos y otros con los impuestos de los ciudadanos- y vela por que todos los niños y jóvenes se beneficien, al menos, de la enseñanza obligatoria. Parece razonable que el Estado posea una cuota en la configuración del itinerario académico de las etapas primaria y media: pero un porcentaje, quizá el 50%.




            Padres, profesores y alumnos, familias y centros educativos han de poseer un amplio margen para elegir lo que quieren ser, lo que quieren saber, lo que quieren hacer. Un centro puede decidir que la educación física sea una materia transversal, o la música, o el latín. Un centro puede decidir que el teatro, o la danza, o las artes marciales formen parte de su currículo, porque entiendan que psicomotricidad, música y defensa personal son aspectos esenciales en la formación de sus alumnos. Una escuela puede apostar por la formación lingüística, hacer del latín una materia basilar que, entre otras cosas, facilite a los hispanos comprender que gallego, castellano y catalán son ramas de un mismo tronco. ¿Por qué una escuela de cualquier lugar de España no puede impartir a todos sus alumnos gallego, castellano y catalán? ¿No cabe incluir el vasco, que posee múltiples préstamos latinos y que a su vez ha influido en las restantes lenguas hispánicas? ¿Por qué un colegio no puede recoger el guante lanzado por Platón y hacer de la gimnasia y de la música materias troncales de su plan de estudios?
            La LOMCE acaba de imponer otro currículo; la oposición anuncia que, si logra una mayoría suficiente, revocará la LOMCE e impondrá, a su vez, otro currículo como los de la LOE o la LOGSE.

No es razonable que los políticos limiten derechos de padres, profesores y alumnos impidiéndoles participar en el diseño de su proyecto vital y profesional. Hay que combatir los currículos invasivos y desalojarlos de las leyes educativas. La identidad personal, familiar, profesional y escolar ha de poseer su espacio y reflejarse en cada centro educativo. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Modelos y estereotipos literarios

La literatura, como decía Horacio, no solo deleita: también “aprovecha”, “enseña”, aporta ideas, aunque lo haga de manera “deleitosa”, mediante poemas, narraciones o diálogos dramáticos con energía retórica, cautivadora. El ser humano es mimético, por eso le agradan mucho las imitaciones en el arte. La literatura no solo ofrece imitaciones de escenas o de acontecimientos, sino también auténticos modelos antropológicos. Desde los griegos hasta ahora han ido desfilando una serie de prototipos:  

·         héroe (Ilíada)
·         campesino (Los trabajos y los días)
·         atleta (Lírica de Píndaro)
·         amante de la sabiduría (Sócrates)
·         orador (Cicerón)
·         mártir y santo  
·         caballero
·         donna angelicata (Beatriz)
·         cortesano (Castiglione)
·         discreto (Pascal)…

La literatura, al escribirse, (literatura procede de letra) nos permite viajar de adelante hacia atrás y de atrás hacia delante; podemos comparar creaciones del presente con las del pasado, y  constatar que ni cualquier tiempo pasado fue peor ni cualquier manifestación del presente es mejor. La literatura hace posible que escapemos de la jaula de la cultura dominante.


Josef Ratzinger ofrece un testimonio interesante sobre el papel que puede desempeñar el conocimiento del pasado para desenmascarar los males del presente:

En el Instituto de Traunstein, el nacionalsocialismo había logrado, por el momento, cambiar pocas cosas. Ningún docente de latín y griego de la vieja guardia se había adherido al partido, pese a la considerable presión ejercida sobre los funcionarios. Poco después de mi ingreso en el Instituto, el subdirector de la escuela fue expulsado por no ser favorable a los nuevos patronos. Rememorando aquellos años de estudio, encuentro que la formación cultural basada en el espíritu de la antigüedad griega y latina creaba una actitud espiritual que se oponía a la seducción ejercida por la ideología totalitaria.

Cada modelo antropológico ofrece algún rasgo interesante: ninguno es perfecto. El modelo se sitúa en el ámbito del deber ser, lo que estudia la filosofía de la conducta, la ética. Lo ético se relaciona también con lo justo, pero no se identifica con él. No todo lo inmoral es injusto. La justicia, que es más restrictiva que la ética porque se circunscribe a determinadas relaciones sociales, ha sido definida como la voluntad permanente de dar a cada uno lo suyo. Una fórmula expresa claramente lo que puede significar la justicia en la vida social, e incluso personal: que la fuerza de la razón prevalezca sobre la razón de la fuerza.
        La injusticia suele suponer un abuso de poder, una imposición del fuerte sobre el débil. En la cultura actual justicia suele identificarse con democracia. Pero la realidad es más compleja: también una mayoría puede imponerse por la fuerza frente a una minoría en función del número y no de la razón.
        La literatura no solo ofrece modelos; también estereotipos. Creonte, rey de Tebas en la Antígona de Sófocles y Claudio, rey de Dinamarca en Hamlet de Shakespeare son prototipo de tiranos.
        Y es que el abuso de poder tiene muchas caras: la cara de perro de Creonte en la Antígona de Sófocles; la cara complaciente de Claudio en Hamlet. El poder puede extralimitarse en cualquier momento de su ejercicio: no solo en el inicio, sino en todo su desarrollo. Esta vital distinción, olvidada a menudo, se manifiesta de un modo ejemplar en Antígona y Hamlet. Antígona denuncia el ejercicio del poder; Hamlet, la legitimidad del poder.
        El actual pensamiento dominante pone el acento en la  legitimidad del poder; y deja en un segundo plano la legitimidad de la legislación, como si la justicia de una ley estuviera garantizada por el solo hecho de que el gobierno o el parlamento que la promulgue es democrático.
        La Antígona de Sófocles pone sobre el tapete una cuestión de interés permanente, ─y esto es lo que la hace clásica─: el abuso de poder de la ley de un gobernante legítimo. Creonte es el gobernante legítimo de la ciudad griega de Tebas. Pero ha ordenado no dar sepultura a su sobrino díscolo, Polinices, que ha combatido contra la ciudad y ha muerto en el ataque, frente a su hermano Eteocles, que igualmente ha muerto. Sepultura para Eteocles, el sobrino fiel; no sepultura para Polinices, el sobrino enemigo.
        Antígona, hermana de ambos hermanos y, por tanto, sobrina de Creonte, no está dispuesta a que Polinices se descomponga a la intemperie y sea pasto de alimañas. Decide enterrarlo, frente a la prohibición que condena a muerte a quien la desobedezca. Antígona argumenta que Creonte no tiene derecho a prohibir esa sepultura, que esa prohibición supone atravesar un límite. Antígona está diciendo que el poder no es absoluto. Si fuera absoluto no habría más ética, más justicia que la del gobernante, máxime si es legítimo. Pero Antígona subraya la existencia de otras leyes, no escritas, enmarcadas en una dimensión divina, eternas, vinculantes: y el derecho a enterrar a los familiares se incluye ahí.
        Esta tragedia sofoclea permite la reflexión sobre la universalidad, la posibilidad y la conveniencia de una ética, al plantear un conflicto entre leyes eternas y leyes positivas, el uso y el abuso del poder.
        La tragedia griega y sus historias mitológicas induce a debatir sobre grandes cuestiones: justicia, venganza, libertad, destino, error, culpa… sin necesidad de involucrar a personajes históricos. Igualmente, el carácter atemporal o legendario de los mitos favorece la universalización de los temas, la creación de símbolos y estereotipos.
        ¿En qué medida la literatura aporta ideas y no solo goce estético? Horacio afirmó que los poetas enseñan o deleitan o ambas cosas a la vez. El caso de la tragedia griega es paradigmático. La fuerza dramática se compagina con un enorme contenido antropológico. El diálogo trágico es en cierta medida un diálogo filosófico en acción encarnado en los personajes.
La Antígona sofoclea comienza después de que Eteocles y Polinices, los dos hijos de Edipo, rey de Tebas ya fallecido, se han enfrentado, y han muerto ambos en el combate. El poder ha pasado a manos de su tío Creonte, que ha enterrado con honor a Eteocles y ha dejado insepulto a Polinices, porque luchó contra la ciudad, es decir, fue un enemigo.
Ambos hermanos tienen dos hermanas: Antígona e Ismene. Antígona, impulsiva; Ismene, sosegada. Antígona resuelve enterrar a su hermano, a pesar de la prohibición de su tío Creonte.
Cuando Creonte se entera de que Antígona ha echado tierra sobre el cadáver de Polinices, monta en cólera, y recrimina a Antígona que le haya desobedecido. Antígona se mantiene firme.

CREONTE: Y tú contéstame sin largos discursos sino de manera concisa: ¿sabías que un edicto ordenaba que nadie hiciera lo que tú has hecho?
ANTÍGONA: Lo sabía. ¿Cómo no iba a saberlo si era conocido de todos?
CREONTE: ¿Y aun así osaste transgredir estas leyes?
ANTÍGONA: Es que no fue Zeus, ni por asomo, quien dio esta orden, ni tampoco la Justicia aquella que es convecina de los dioses del mundo subterráneo. No, no fijaron ellos entre los hombres estas leyes. Tampoco suponía que esas tus proclamas tuvieran tal fuerza que tú, un simple mortal, pudieras rebasar con ellas las leyes de los dioses anteriores a todo escrito e inmutables. Pues esas leyes divinas no están vigentes, ni por lo más remoto, sólo desde hoy ni desde ayer, sino permanentemente y en toda ocasión, y no hay quien sepa en qué fecha aparecieron. ¡No iba yo, por miedo a la decisión de hombre alguno, a pagar a los dioses el justo castigo por haberlas transgredido! Pues que había de morir lo sabía bien, ¡cómo no!, aunque tú no lo hubieras advertido en tu comunicado. Por otro lado, si he de morir antes de tiempo, yo lo cuento como ganancia, pues todo aquél que, como yo, vive en un mar de calamidades, ¿cómo se puede negar que hace un gran negocio con morir? Por eso, ¡lo que es a mí, obtener este destino fatal no me hace sufrir lo más mínimo; en cambio, si hubiera tolerado que el nacido de la misma madre que yo, fuera, una vez muerto, un cadáver insepulto, por eso sí que hubiera sufrido! Pero por esto no siento dolor alguno. Por lo que a ti respecta, si mantienes la idea de que ahora me estoy comportando estúpidamente, casi puede afirmarse que es un estúpido aquél ante quien he incurrido en estupidez.

CORIFEO: Ello evidencia el terco genio que le viene a la muchacha del terco de su padre; y no va con ella ceder a las adversidades.
CREONTE: Sin embargo, tienes que saber que los temperamentos duros en demasía son los que más se desmoronan, y que el potentísimo hierro, por muy duro que resulte al ser templado a fuego, podrías ver que se quiebra y hace añicos infinidad de veces. En cambio, tengo visto que los caballos que se encabritan se sujetan con un simple bocado. Es que no le va bien ser jactancioso a nadie que es esclavo del prójimo. Esa, ya antes cuando transgredía las normas propuestas, sabía muy bien que su comportamiento era un desafío, y, después de haber cometido esa barbaridad, he aquí el segundo desafío: ufanarse de ello y reírse por haberlo cometido. Ciertamente que no soy yo un hombre de verdad, sino que el hombre de verdad lo es ella, si el triunfo que ha logrado le ha de quedar impune. Al contrario, aunque es, por un lado, hija de mi hermana y, por tanto, en razón de nuestra consanguinidad más próxima a mí que la totalidad de los miembros de nuestro hogar que patrocina Zeus, ella y también su hermana no escaparán al destino más calamitoso. Pues, en efecto, también a aquélla la inculpo, en igual medida que a ésta, de haber planeado este enterramiento. Llamadla también, pues acabo de verla, en casa, rabiosa y sin control de sus sentimientos. Es que el apasionamiento de que dan prueba los que en la sombra andan maquinando cualquier cosa de forma indebida es un ladrón que los traiciona, y por eso suele ser sorprendido antes de cometer el propio delito. Sin embargo, no dejo de odiar también a aquél que, sorprendido en un acto pérfido, osa luego dignificar ese proceder.
ANTÍGONA: ¿Pretendes algo más duro que matarme, después de hacerme tu prisionera?

Hay mucha carga emocional en los diálogos, porque tanto Antígona como Creonte se muestran indignados e inflexibles desde casi el principio, pero nosotros debemos hacer un análisis racional de los discursos, si queremos extraer ideas válidas para nuestro tiempo.
Antígona explica breve pero claramente por qué ha infringido la ley, es decir, da razón de su actuación: no ha obrado por capricho, no ha sido el suyo un ejercicio de voluntarismo; Creonte, en cambio, no responde a esos argumentos, no contempla la posibilidad de que su ley sea justa o injusta; solo exige que se cumpla la ley porque es la ley, su ley, legítimo gobernante, pero no da razón de la ley; no dialoga sobre la ley; no admite críticas contra la ley.
La indignación de Antígona no facilita el diálogo; la indignación de Creonte tampoco, y este incurre en graves errores de apreciación que imposibilitan el esclarecimiento de los hechos y del derecho. Creonte convierte habitualmente las hipótesis en certezas.
Antígona contrapone las leyes escritas a las no escritas. Para ella hay dos tipos de leyes, hay dos dimensiones, plantea una dialéctica entre dos ámbitos. Hay dos tipos de leyes y ambas externas al sujeto. Pero unas están escritas (es derecho positivo) y otras no, no están escritas. Pueden calificarse de leyes naturales, están inscritas en la naturaleza. Unas leyes son explícitas y otras, implícitas. Unas están promulgadas y otras inscritas en el mundo, y el hombre puede conocerlas, y al hombre obligan.
Al calificar de inmutables a las leyes no escritas, Antígona establece que las leyes escritas se subordinan a las no escritas, que son inmutables, atemporales y obligatorias.
¿Qué es una ley? Una ley es una formulación lingüística, por tanto un enunciado lógico, con contenido racional.
Las leyes no escritas son leyes. No pertenecen al ámbito del misterio. El calificativo inmutable acerca la ley a la geometría; la atemporalidad a la metafísica. La obligatoriedad las convierte en vinculantes, y les dota de una dimensión moral.
Pienso que la Antígona de Sófocles no contrapone lo racional frente a lo moral. Tan racional es la norma de Edipo como la norma no escrita, y ambas poseen implicaciones morales.
Tampoco se trata de enfrentar lo objetivo frente a lo subjetivo. Para Antígona, esas leyes atemporales no son subjetivas, no están insertas en su conciencia. Están fuera, están en el mundo, en la naturaleza, y son cognoscibles.
No es conciencia frente a ley: es ley frente a ley.
No es individuo frente a Estado: es negar el absolutismo del Estado. Ab-soluto significa suelto de cualquier ligadura: última instancia.
Antígona nos está diciendo que el Estado y sus normas son penúltima, no última, instancia.
Analicemos ahora un diálogo entre Antígona e Ismene:

ISMENE: Pero ¡cómo! ¿Es que se te ha ocurrido pensar enterrarlo cuando es cosa denegada a la ciudad?
ANTÍGONA: Sí, porque se trata de mi hermano, y también del tuyo aunque no quieras. Pues, al enterrarlo, no resultaré convicta de haber cometido una traición.
ISMENE: ¡Oh tú, que no te detienes ante nada! ¿Serás capaz, a pesar de que Creonte lo tiene prohibido?
ANTÍGONA: Sin embargo, no le compete en absoluto separarme de lo que es mío.
Es un honor para mí morir cumpliendo este deber.
tras haber perpetrado santas acciones, porque es más largo el tiempo durante el que debo agradar a los de abajo que el tiempo durante el que debo agradar a los de aquí arriba, pues allí yaceré por siempre. Pero tú, si es tu gusto, continúa despreciando lo que los dioses aprecian.

        Las leyes no escritas vinculan al hombre, lo obligan moralmente. Si no las cumple, Antígona cometería el pecado de traición. Y hay otra cuestión, y es el deslinde de competencias. Para Antígona el poder humano no es omnipotente: está limitado. A Creonte “no le compete en absoluto” separarle de lo suyo. Lo que nos recuerda a la definición tradicional de justicia: “dar a cada uno lo suyo”. La familia, particularmente, es lo de cada uno. Enterrar al hermano es un deber particularmente propio de la familia. El poder civil no puede prohibirlo, no tiene derecho a hacerlo. El derecho no es omnímodo.
        Rocío Orsi[1] aduce que Meier[2] (1993, p. 195) sostiene que, al igual que en Áyax, Sófocles quiere transmitir la idea de que “el antagonismo tiene que verse limitado por la solidaridad humana”. En esta obra, Tiresias y Hemón no tienen el mismo éxito que Odiseo en Áyax, entre otras cosas porque nunca consiguen hacerse escuchar por Creonte.
        Límites. El poder no es absoluto. Es criticable desde la razón.



[1] El saber del error. Filosofía y tragedia en Sófocles, Plaza y Valdés / CSIC, Madrid / México D. F., 2007: 223:
[2] Meier, M., 1993: The Political Art of Greek Tragedy, Cambridge, Cambridge University Press.